lunes, 30 de mayo de 2011

Fenómenos ideológicos de desuso léxico: la palabra "trabajador"





Los hechos y las épocas históricas, así como los procesos ideológicos que los nutren, tienen un inevitable correlato en planos lingüísticos concretos. 


De manera general este fenómeno es palpable, sin necesidad de operaciones analíticas muy exigentes, en el plano léxico (que trataremos aquí), aunque puede darse en cualquier otro nivel, como se comprueba en el morfológico por las implicaciones del uso de los pronombres referidos al receptor (trato de respeto e informal y su distribución social) o en el sintáctico en el desarrollo de períodos hipotácticos (subordinación ad nauseam) en la lengua jurídica como estrategia de opacidad que privilegia la interpretación por una minoría dominante (ya sea social o profesional). 


En el nivel léxico el fin de la Guerra fría y la mundialización del sistema político del bando ganador marca el inicio del desprestigio, el desuso y en última instancia la desaparición de palabras que en numerosas ocasiones no eran exclusivamente términos técnicos políticos del comunismo/socialismo, aunque este se apropiara de ellos. Es decir, junto al abandono en el discurso público e intelectual de términos como infraestructura/superestructura se comprueba (y las actuales bases de datos léxicas diacrónicas facilitan la tarea) el abandono de palabras cuyo referente ha permanecido inamovible y existían antes de formar parte del diccionario particular del marxismo. 


Una palabra muy ilustrativa del fenómeno es la palabra trabajador. Se podría aceptar como razonable que los dos tecnicismos mencionados arriba, una vez se ha desprestigiado el modelo filosófico interpretativo en el que se insertaban, y por tanto, al tener referentes abstractos asociados a dicho modelo, caigan en desuso (al igual que pasó con innumerables términos característicos del discurso escolástico medieval); pero, ¿es razonable aceptar que un nombre común como trabajador disminuya su presencia en el lenguaje general y especialmente el mediático cuando su referente se ha mantenido cuantitativamente (o se ha multiplicado por la continuidad en el proceso no terminado de incorporación de la mujer al trabajo? 


Lo interesante es analizar los términos de sustitución que se han extendido y sus implicaciones. Frente a los trabajadores, los ciudadanos y la ciudadanía se alzan triunfantes con su pátina eufemística. Y, sin embargo, si nos atenemos a la adecuación del referente a los rasgos semánticos del término, somos más fácilmente trabajadores que ciudadanos puesto que las condiciones para que se den plenamente los rasgos semánticos del segundo son mucho más complejas (y no hablo solo del sentido 'habitante de la ciudad', pues el hecho de que englobe al 'habitante de pueblo' cuando se emplea indica que no se hace en esta primera acepción, sino en un sentido más complejo que designa un conjunto de valores abstractos asociados a una red de derechos y deberes adquiridos y libremente realizados). 


Sin embargo el discurso oficial y el mediático extienden con su uso masivo la noción de que, con pasmosa facilidad, todos somos ciudadanos. Del escamoteo de la palabra trabajador se deduce que pasa a una segunda división de nuestros intereses vitales identificarnos habitualmente con esta condición, lo que produce una disminución de la conciencia de conflictividad inherente a dicha condición. Fenómenos sociales paralelos a este proceso lingüístico son la desafección del individuo de las actividades sindicales, el analfabetismo en derecho laboral, el individualismo como medio de obtención de empleo, la ruptura de redes propias de apoyo entre trabajadores: si se combinan estos factores el resultado es la fragilidad laboral, mientras el equilibrio del individuo se sostiene aparentemente porque su nueva identidad se forja sobre conceptos como el mencionado ciudadano junto a otros como consumidorespectador o internauta. 


El problema grave de identidad surge cuando el individuo, al perder su trabajo, descubre con una fuerza existencial arrolladora que su condición de trabajador era uno de los elementos definitorios de su ser, muy por encima de identidades secundarias como las que se le han ofrecido para suplantarlo y que dependían en última instancia de aquella. Sin embargo, culminado este proceso léxico, los efectos de indefensión y extrañamiento son ya muy profundos llegado el momento de enfrentarse a la propia identidad, cuando la palabra designadora ha sido escamoteada.

2 comentarios:

Evil Preacher dijo...

Muy interesante análisis; no puedo estar más de acuerdo.
Un elemento más sobre lo impropio del uso de «ciudadano» es que en España no hemos alcanzado ese estatus. Somos todavía súbditos de un soberano.

Afilador dijo...

Así es, y en este sentido es interesante comparar cómo definen "súbdito" el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) y el DEA (Diccionario del español actual). Solo en la definición de este último (basado en el uso documentado), se hace referencia a la figura del monarca para que se dé especialmente la condición de súbdito. Figura que, obviamente, se da en el Estado español.