La Historia ha sido una de las disciplinas más simbólicas del ámbito de las Humanidades. Por desgracia, cuando la obra de un historiador ha penetrado en el campo de estudio de la Filología lo ha hecho en virtud de valores fundamentalmente estilísticos (valga de ejemplo el análisis del enriquecimiento de la prosa medieval castellana en la obra de Alfonso X el Sabio).
Sin embargo, apenas se ha incidido en el estudio de las funciones narratológicas, de los arquetipos, de la caracterización dramática de los personajes históricos, de la presencia de símbolos y metáforas, así como de otros elementos literarios presentes en el discurso histórico (aun hoy en gran número de obras), como el análisis de los valores connotativos del léxico seleccionado (centro de la polémica surgida con el Diccionario biográfico de la RAH).
Esta ocultación, ejercida desde el poder oficial de todas las comunidades, impedía la reflexión crítica sobre el discurso histórico y conseguía equiparar los resultados de su estudio con los propios de una ciencia empírica (mucho antes de que los métodos positivistas fueran adoptados por parte de algunos historiadores e incluso cuando, una vez surgidos estos, el estudio se había hecho al margen de tales métodos).
Con esta premisas, una vez más comprobamos cómo se oculta a una mayoría la posibilidad de conocimiento y se imponen controles de interpretación, y ambas operaciones se ejercen ideológicamente teniendo en cuenta el poder de la Historia como discurso para configurar la identidad nacional del individuo o para determinar su adhesión a opciones y decisiones políticas: por tanto, para hacer real el poder del estudio del pasado sobre los actos e ideas del individuo en el presente.
Lo interesante de las categorías vertidas en el recién publicado Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia para definir a ciertos personajes y procesos (los maquis definidos como "terroristas", el régimen de Franco como "autoritario, pero no totalitario") no es solo la denunciada aberración de las mismas como dato científico, sino que ponen de manifiesto para un gran público, al difundirse la polémica por los medios, la naturaleza de la Historia como disciplina simbólica y por tanto, como discurso de interpretación y no como discurso de verificación al modo empírico.
De manera paralela, tal polémica evidencia que a lo largo del tiempo (y este es asimismo otro proceso histórico que entraría de lleno en la Historia de la Historia tanto como en la Historia del control ideológico) el desarrollo de estructuras democráticas dificulta la imposición de una Historia inmutable ejercida por una minoría de poder.
Lo más doloroso, por tanto, para los autores de las definiciones de los ejemplos anteriores (maquis como terroristas, etc.) seguramente no sea la denuncia ideológica que se hace de sus selecciones léxicas, sino la imposibilidad de difundir (o imponer) con valor de verdad el conocimiento histórico basado en su propio sistema simbólico.
P.S.: Ilustraciones: Clío, musa de la Historia (distintas representaciones).
P.S.: Ilustraciones: Clío, musa de la Historia (distintas representaciones).
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