martes, 31 de mayo de 2011

Diccionario biográfico de la RAH: la historia como discurso simbólico manipulable

         


La Historia ha sido una de las disciplinas más simbólicas del ámbito de las Humanidades. Por desgracia, cuando la obra de un historiador ha penetrado en el campo de estudio de la Filología lo ha hecho en virtud de valores fundamentalmente estilísticos (valga de ejemplo el análisis del enriquecimiento de la prosa medieval castellana en la obra de Alfonso X el Sabio). 

Sin embargo, apenas se ha incidido en el estudio de las funciones narratológicas, de los arquetipos, de la caracterización dramática de los personajes históricos, de la presencia de símbolos y metáforas, así como de otros elementos literarios presentes en el discurso histórico (aun hoy en gran número de obras), como el análisis de los valores connotativos del léxico seleccionado (centro de la polémica surgida con el Diccionario biográfico de la RAH). 

Esta ocultación, ejercida desde el poder oficial de todas las comunidades, impedía la reflexión crítica sobre el discurso histórico y conseguía equiparar los resultados de su estudio con los propios de una ciencia empírica (mucho antes de que los métodos positivistas fueran adoptados por parte de algunos historiadores e incluso cuando, una vez surgidos estos, el estudio se había  hecho al margen de tales métodos).

Con esta premisas, una vez más comprobamos cómo se oculta a una mayoría la posibilidad de conocimiento y se imponen controles de interpretación, y ambas operaciones se ejercen ideológicamente teniendo en cuenta el poder de la Historia como discurso para configurar la identidad nacional del individuo o para determinar su adhesión a opciones y decisiones políticas: por tanto, para hacer real el poder del estudio del pasado sobre los actos e ideas del individuo en el presente.

Lo interesante de las categorías vertidas en el recién publicado Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia para definir a ciertos personajes y procesos (los maquis definidos como "terroristas", el régimen de Franco como "autoritario, pero no totalitario") no es solo la denunciada aberración de las mismas como dato científico, sino que ponen de manifiesto para un gran público, al difundirse la polémica por los medios, la naturaleza de la Historia como disciplina simbólica y por tanto, como discurso de interpretación y no como discurso de verificación al modo empírico.

De manera paralela, tal polémica evidencia que a lo largo del tiempo (y este es asimismo otro proceso histórico que entraría de lleno en la Historia de la Historia tanto como en la Historia del control ideológico) el desarrollo de estructuras democráticas dificulta la imposición de una Historia inmutable ejercida por una minoría de poder.

Lo más doloroso, por tanto, para los autores de las definiciones de los ejemplos anteriores (maquis como terroristas, etc.) seguramente no sea la denuncia ideológica que se hace de sus selecciones léxicas, sino la imposibilidad de difundir (o imponer) con valor de verdad el conocimiento histórico basado en su propio sistema simbólico.




P.S.: Ilustraciones: Clío, musa de la Historia (distintas representaciones).

lunes, 30 de mayo de 2011

Fenómenos ideológicos de desuso léxico: la palabra "trabajador"





Los hechos y las épocas históricas, así como los procesos ideológicos que los nutren, tienen un inevitable correlato en planos lingüísticos concretos. 


De manera general este fenómeno es palpable, sin necesidad de operaciones analíticas muy exigentes, en el plano léxico (que trataremos aquí), aunque puede darse en cualquier otro nivel, como se comprueba en el morfológico por las implicaciones del uso de los pronombres referidos al receptor (trato de respeto e informal y su distribución social) o en el sintáctico en el desarrollo de períodos hipotácticos (subordinación ad nauseam) en la lengua jurídica como estrategia de opacidad que privilegia la interpretación por una minoría dominante (ya sea social o profesional). 


En el nivel léxico el fin de la Guerra fría y la mundialización del sistema político del bando ganador marca el inicio del desprestigio, el desuso y en última instancia la desaparición de palabras que en numerosas ocasiones no eran exclusivamente términos técnicos políticos del comunismo/socialismo, aunque este se apropiara de ellos. Es decir, junto al abandono en el discurso público e intelectual de términos como infraestructura/superestructura se comprueba (y las actuales bases de datos léxicas diacrónicas facilitan la tarea) el abandono de palabras cuyo referente ha permanecido inamovible y existían antes de formar parte del diccionario particular del marxismo. 


Una palabra muy ilustrativa del fenómeno es la palabra trabajador. Se podría aceptar como razonable que los dos tecnicismos mencionados arriba, una vez se ha desprestigiado el modelo filosófico interpretativo en el que se insertaban, y por tanto, al tener referentes abstractos asociados a dicho modelo, caigan en desuso (al igual que pasó con innumerables términos característicos del discurso escolástico medieval); pero, ¿es razonable aceptar que un nombre común como trabajador disminuya su presencia en el lenguaje general y especialmente el mediático cuando su referente se ha mantenido cuantitativamente (o se ha multiplicado por la continuidad en el proceso no terminado de incorporación de la mujer al trabajo? 


Lo interesante es analizar los términos de sustitución que se han extendido y sus implicaciones. Frente a los trabajadores, los ciudadanos y la ciudadanía se alzan triunfantes con su pátina eufemística. Y, sin embargo, si nos atenemos a la adecuación del referente a los rasgos semánticos del término, somos más fácilmente trabajadores que ciudadanos puesto que las condiciones para que se den plenamente los rasgos semánticos del segundo son mucho más complejas (y no hablo solo del sentido 'habitante de la ciudad', pues el hecho de que englobe al 'habitante de pueblo' cuando se emplea indica que no se hace en esta primera acepción, sino en un sentido más complejo que designa un conjunto de valores abstractos asociados a una red de derechos y deberes adquiridos y libremente realizados). 


Sin embargo el discurso oficial y el mediático extienden con su uso masivo la noción de que, con pasmosa facilidad, todos somos ciudadanos. Del escamoteo de la palabra trabajador se deduce que pasa a una segunda división de nuestros intereses vitales identificarnos habitualmente con esta condición, lo que produce una disminución de la conciencia de conflictividad inherente a dicha condición. Fenómenos sociales paralelos a este proceso lingüístico son la desafección del individuo de las actividades sindicales, el analfabetismo en derecho laboral, el individualismo como medio de obtención de empleo, la ruptura de redes propias de apoyo entre trabajadores: si se combinan estos factores el resultado es la fragilidad laboral, mientras el equilibrio del individuo se sostiene aparentemente porque su nueva identidad se forja sobre conceptos como el mencionado ciudadano junto a otros como consumidorespectador o internauta. 


El problema grave de identidad surge cuando el individuo, al perder su trabajo, descubre con una fuerza existencial arrolladora que su condición de trabajador era uno de los elementos definitorios de su ser, muy por encima de identidades secundarias como las que se le han ofrecido para suplantarlo y que dependían en última instancia de aquella. Sin embargo, culminado este proceso léxico, los efectos de indefensión y extrañamiento son ya muy profundos llegado el momento de enfrentarse a la propia identidad, cuando la palabra designadora ha sido escamoteada.

sábado, 28 de mayo de 2011

Pensamiento, medios e Internet








El vocerío mediático que rodea a un gran número de ciudadanos, en lo que atañe a los contenidos presentados como tales (no entro aquí a valorar toda la red de ideas y sentidos ocultos en las múltiples manifestaciones indirectas: publicidad, deporte, ocio, entretenimiento no artístico) ha experimentado una evolución proporcional digna de atención a pesar de su simplicidad matemática: a medida que los medios de comunicación se han hecho más masivos, más poderosos y, por inclusión, más ricos económicamente, la elaboración (y hasta la propia naturaleza de los temas) se ha hecho más irrelevante en una relación inversamente proporcional.


Al mismo tiempo, y siguiendo con esta proporción inversa, se ha reducido el número de entidades mediáticas (pese a la diversificación de emisoras de televisión actual, muchas de ella no son sino ramificaciones de un mismo medio).

Un fenómeno digno de atención es que a medida que los mensajes iban adelgazando su valor de relevancia (tanto para el individuo aisladamente como para la vida relacional pública o privada) mantenían la apariencia de lo contrario (sin duda por conservar el mismo formato): los mismos diseños, la misma oficialidad de los telediarios, la misma escenografía de debate de ideas en las inanes, y omnipresentes, tertulias.

A propósito de estas, es llamativo que hoy, cuando más se debate en apariencia en los medios (hasta los programas sensacionalistas han adoptado la escenografía de la tertulia), más "débiles" son los temas tratados y las ideas que los configuran y más rudimentarios son los argumentos usados (sin embargo los efectos, más contundentes). No obstante, la impresión es: en los medios se dialoga, se debate, se piensa... Lo mismo se podría decir del espacio concencido a los géneros de opinión de la prensa escrita con su santoral de columnistas.

El grado de absurdo informativo y reflexivo (pero no formativo, pues lo es y en gran medida) se convierte por la propia naturaleza temporal de los medios, en un círculo que gira, día a día (en la prensa escrita), hora a hora (en la televisiva y radiofónica) como el agua de un sumidero que nunca termina. Por fortuna, el efecto hipnótico de este "círculo" (que daría otro sentido al término "circo" mediático) se rompe a través de Internet: la difusión más masiva que nunca, en tiempo continuo e indefinido y de estructura diversificada. 

El problema de búsqueda de una referencia mediática al pensamiento toma la forma entonces de una exploración y las dimensiones de un infinito archipiélago donde palpitan múltiples fenómenos de inteligencia esperando a encontrar los puentes entre una isla y otra.

Cuando ese pensamiento se produce en el plano político, los puentes permiten la creación de movimientos de intervención en la realidad (no llamada virtual, cuando una y otra están tan íntimamente unidas).

Vemos así como la Red se nos presenta, en el ámbito de los medios sociales de comunicación y frente a los numerosos mensajes de desprestigio intelectual (por el contrario se acepta su prestigio de herramienta comercial) como un medio de recuperación del pensamiento una vez que éste ha sido escamoteado por los medios tradicionales.

Exempla:
1. Durante una semana los medios mundiales se dedican día y noche a dar vueltas sobre el caso de la violación cometida por un presidente del FMI. Apenas se reflexiona sobre la naturaleza de esta institución.

2. Tras la debacle electoral del PSOE los medios analizan hasta el genoma los problemas del partido (de índole doméstica y personalista). Apenas se reflexiona sobre la extrema reducción en el espectro de la gran política de los partidos de inclinación social (y no liberal-económica).

3. La información transmitida desde el Festival de Cannes es apenas analítica del arte cinematográfico y termina, en el último fin de semana, equiparada a las jornadas deportivas: quiniela de posibles ganadores.